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Querida amiga, me tomo el atrevimiento de escribirte estas palabras. Es de público conocimiento que el 8 de marzo se conmemora mundialmente a un grupo de trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York que murieron durante una huelga laboral hace más de cien años. Tal vez sea por el tiempo o la distancia que nos separa de este suceso, que esta fecha se utiliza simbólicamente para reivindicar en un sentido general los derechos femeninos conquistados a lo largo de la historia. Es por eso, que resulta ser un día emblemático para recordar a una infinidad de mujeres luchadoras. Gracias a ellas dejamos de ser tratadas como objetos, decidimos con quién contraer matrimonio, a quién votar, qué estudiar o trabajar. Nos dieron la valiosísima igualdad ante la Ley, combatiendo muchísimas formas de opresión. 

Pero, tristemente, ese movimiento que había nacido para subsanar la desigualdad, hoy ya no existe. En pleno 2019, el feminismo actual, tan absurdamente totalitario como lo que decía combatir, está plagado de contradicciones. Pretende celebrar la obtención de nuestras conquistas, llamando a un “Paro Nacional de Mujeres”, faltando al trabajo, colegio o universidad; ya no busca la igualdad de derechos, si no la adquisición de privilegios misándricos; y lo más preocupante, se percibe con la potestad de quitarnos nuestra feminidad. Lo dijo Simone de Beauvoir, pensadora y referente del feminismo radical, en la década de 1940: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Entonces para ellas, es fácil considerar que algunas no hemos hecho lo suficiente para ser mujeres de verdad. Si no nos identificamos con el feminismo, si no estudiamos una carrera universitaria en una institución pública, si no nos dejamos seducir por las ideologías de izquierda o progresistas, si no aborrecemos a los hombres, si nos encargamos de los quehaceres domésticos, si trabajamos manteniendo el orden y reprimiendo la protesta, si soñamos con tener una familia o casarnos antes de los 30, si creemos o practicamos una religión, si somos naturalmente lindas o trabajamos en la industria de la belleza o simplemente si estamos en contra de matar a nuestros propios hijos… Resulta que entonces no somos mujeres. Automáticamente perdemos todos nuestros derechos y no somos dignas de protección. Y lo más absurdo es que la mayoría de la mujeres argentinas no cumplen con los requisitos de admisión. Hay algunas que incluso, no cumplen ninguno. Tenemos mujeres policías y militares, mujeres que trabajan en el rubro de la limpieza, mujeres que no tienen estudios universitarios ni quieren tenerlos, mujeres que disfrutan de verse bonitas, mujeres cuyo sueño es ser mamás y vivir para cuidar a su familia, entre otra infinidad de mujeres que no estoy nombrando porque no me alcanzaría las palabras para describirlas.

Hemos cometido el terrible error de querer ser libres contrariando su modelo de mujer, poniendo en ridículo sus estándares. Es por eso, que este feminismo prepotente y autoritario que supuestamente lucha por nosotras, siente la responsabilidad de aleccionarnos por nuestras conductas rebeldes y no nos permite siquiera que el Día de la Mujer sea también nuestro.

Por esta sumatoria de razones, querida amiga, mujer olvidada y oprimida por la misoginia feminista, defectuosa para este sistema sin escrúpulos, el 8 de marzo es el día para homenajearte a vos y a todas esas féminas admirables que nos inspiran. Desde las que se destacan académicamente hasta las que se dedican a criar ciudadanos honestos, sobre todo aquellas que sin saberlo, nos marcan el rumbo hacia una sociedad más justa y luchan como fieras para defender nuestros derechos.

En el nombre de muchas, pero en especial de las que están en el vientre materno, cuyos derechos humanos hoy se ponen especialmente en duda: Nada más y nada menos que un millón de gracias por no ceder ante esta locura y levantar tu voz ante la injusticia.

Feliz día, querida amiga.

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