Cultura-Familia-Escuela

IMPLICACIONES DE LA FORMACION  CULTURAL[1]

 

“A muchas personas les resulta inquietante la idea de que habrían sido muy distintas como individuos si hubieran crecido en una familia diferente, o en un diferente contexto cultural o subcultural, pero esa parece ser una conclusión inevitable. En primer lugar, no hay modo de evadir el proceso del aprendizaje cultural. Un niño sólo puede desarrollarse normalmente si está en contacto con adultos durante un largo aprendizaje, y no existen adultos no tocados por la cultura. Cuando una madre reacciona ante el hijo, a quien ella percibe de maneras que están por lo menos parcialmente inspiradas por su perspectiva cultural, ambos entran en un circuito de intercambio personal en el cual la madre transmite y obtiene información acerca de si misma, de la criatura, y del mundo en general.

Todas las culturas funcionan, por lo menos hasta que se desintegran. Pero no todas funcionan igualmente bien en la producción de miembros que sean plenamente humanos. Es muy evidente que algunas culturas forman a sus miembros de modo que producen interminables fricciones sociales, que estimulan la oposición entre unos y otros y crean conflictos internos e insatisfacción. La cultura puede frustrar o menoscabar nuestra humanidad. Pero la respuesta a este hecho no es tratar de desembarazarse de la cultura, suponiendo que pudiéramos hacerlo. En nuestro país –EEUU- tenemos el caso de los negros, arrancados del África, mantenidos en esclavitud, en la que fueron destruidos sistemáticamente los vínculos familiares, y luego emancipados para sufrir una prolongada ausencia de identificación sea con el antiguo o con el nuevo modo de vida; tenemos también el de los indios de América del Norte; el de los ciudadanos de origen latinoamericano; el de los esquimales; y el de los polinesios de Hawai y Samoa, todos los cuales, al menos los del nivel económico inferior, han sido condenados al desquiciamiento social y personal. En la presente generación nos hallamos en una situación única, pues estamos comenzando a comprender, cosa que no podían hacer culturas anteriores, cómo opera la cultura, cómo es posible transformarla, elaborando una nueva versión de la naturaleza humana y educando a nuestros hijos para que se aproximen a un ideal. Quienes más arraigados se sienten en nuestra orientación cultural actual, en otras palabras, los más etnocéntricos de nosotros, seguros en la convicción de que lo que tenemos es a la vez lo correcto y lo inevitable -el producto de la naturaleza humana y no lo que le da forma-, y de que todo lo demás es subversión destructora, rechazan esta opinión considerándola utópica y poco realista. Pero nos parece que los hechos sugieren que el organismo humano posee una gran plasticidad, y que tenemos un incipiente conocimiento de lo que hay que hacer -y de lo que no hay que hacer- para criar a nuestros hijos de modo que sean decentes y humanos ciudadanos del mundo. No tratamos de decir que eso sea fácil, sino que es posible. Y añadiríamos que es muy deseable, si es que queremos eliminar las peores miserias de la condición humana.

Lamentablemente, sabemos más acerca de cómo cambiar la naturaleza humana que acerca de cómo cambiar el contexto de instituciones sociales dentro del cual viven los seres humanos. Y cuanto más humanos se hacen los hombres, mayor es el contraste entre su humanidad y las instituciones inhumanas y deshumanizantes a las que deben adaptarse en la mayoría de las sociedades modernas. Quizá lo mejor que podemos hacer en este punto de la evolución social es concentramos, en la familia y en las escuelas, en la producción de niños y jóvenes confiados, autónomos, inteligentes, compasivos y dispuestos a la cooperación, con un sentido de humanidad, y esperar que ellos, a su debido tiempo, transformen la sociedad que heredarán. Los antropólogos nos han enseñado a conocemos, y tenemos la oportunidad y la responsabilidad de hacer un uso inteligente de sus enseñanzas”.[2]

 

[1] Stone, L.J. y Church, J. “Niñez y Adolescencia” Ed. Horme, 11° Ed., año 1989. Pág. 106.

[2] Stone, L.J. y Church, J. “Niñez y Adolescencia” Ed. Horme, 11° Ed., año 1989. Pág. 106.

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Stone, L.J. y Church, J. “Niñez y Adolescencia” Ed. Horme, 11° Ed., año 1989.

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